martes, 13 de septiembre de 2011

El genio de Keynes

Publicado en www.economiaypolitica.es  el 12 de Septiembre de 2011

Vuelvo al blog, un mes después de la última entrada. Esta vez escribo desde Nueva York, en el día del décimo aniversario del 11S. Impactado por la ciudad y por su lugar en el corazón de la historia, hoy me propongo, sin embargo, rendirle un tributo un tanto anacrónico a la figura de Keynes -aunque espero que lo ubique en una relación hasta cierto punto armoniosa con el tiempo, con el suyo y con el nuestro. Dado que, como veremos, los estímulos de 2008-2011 no han dado el resultado esperado por sus defensores, y a las puertas de una nueva recesión, no vendrá mal volver una mirada crítica al pasado.
La genialidad de J.M. Keynes es reconocida incluso por Hayek, su principal antagonista. La perspectiva desde la que abordaba los problemas económicos era siempre original y disruptiva, y su afán era la superación rápida y con mínimos costes de coyunturas y ciclos adversos. Pero Hayek, al tiempo que elogiaba su brillante intuición, no le incluía entre los grandes economistas ni lo tenía por un pensador especialmente sólido. Al respecto, es muy elocuente la entrevista que el economista austriaco dio en 1978 y que aquí reproduzco. Allí se refería a su rivalidad con Keynes en los siguientes términos:

Vídeo 1: Hayek sobre Keynes


Sin embargo, a diferencia de las madres, Keynes hay más de uno. No es únicamente el economista del estímulo y de las políticas de demanda agregada; una de las virtudes que le reconocen hasta sus críticos es su excelencia táctica y su capacidad tanto para cambiar de opinión como para salirse del guión. Por ejemplo, censuró las medidas impuestas a Alemania después de la Primera Guerra Mundial, como puede leerse en uno de sus textos más conocidos, Las consecuencias económicas de la paz:
Si lo que nos proponemos es que, por lo menos durante una generación, Alemania no pueda adquirir siquiera una mediana prosperidad; si creemos que todos nuestros recientes aliados son ángeles puros y todos nuestros recientes enemigos, alemanes, austríacos, húngaros y los demás son hijos del demonio; si deseamos que, año tras año, Alemania sea empobrecida y sus hijos se mueran de hambre y enfermen, y que esté rodeada de enemigos, entonces rechacemos todas las proposiciones generosas, y particularmente las que puedan ayudar a Alemania a recuperar una parte de su antigua prosperidad material. (…).
Si tal modo de estimar a las naciones y las relaciones de unas con otras fuera adoptado por las democracias de la Europa occidental, entonces, ¡que el Cielo nos salve a todos! Si nosotros aspiramos deliberadamente al empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en predecirlo, no tardará.
Keynes era partidario, también para el caso de Alemania, de romper con el pasado y tener la posibilidad de empezar de cero. Aferrarse al pretérito condena el futuro. ¿Y qué creen que hubiera dicho del ajuste lento de la burbuja de activos y de los rescates públicos para evitar el colapso de bolsas y activos inmobiliarios? Aunque no podamos resolver este contrafáctico, ni el más fanático de los pretendidos neokeynesianos podrá negar que hemos perdido 4 años y que el futuro de toda una generación se está viendo comprometido en el salvamento de los ahorros y de la estructura de poder de los hijos del baby-boom.
Es cierto que podríamos estimular aún más la economía occidental monetizando deuda o esperando que aterricen bandadas de marcianos deseosas de comprar deuda USA o Eurobonos, y que algunos célebres enladrillados como Krugman, Durán i Lleida o Ridao lo celebrarían. Pero no es menos cierto que, sin la reestructuración (pérdidas y saneamiento de balances y gestores), incluso esos estímulos serían tan inútiles en la creación de empleo y PIB como lo fueron los precedentes. Definitivamente, el cielo no está enladrillado, aunque algunas mentes dotadas de cierto predicamento sí.
Si lo que -estrambóticamente- queremos es que suba la bolsa durante unos meses o que se mantenga el precio de los inmuebles (aun con un número exiguo de operaciones) esa sería la senda correcta. Pero ese no parece un fin demasiado apetecible; y lo que en ningún caso se puede decir -¿quién ganaría unas elecciones con un programa de tan raquítico aliento?- es que ese sea el fin explícito de nuestras políticas.
En España, con 5 millones de parados (pongamos que 4, contando con los emigrantes que salieron ya del país y la economía sumergida), no parece que tenga mucho sentido centrar nuestras energías políticas en mantener el precio de las 200.000-400.000 viviendas que se venden de año en año.

Gráfico 1: Ventas mensuales de viviendas (Fuente INE elaborado por Kerfant)

Ventas mensuales d evivienda

Lamentablemente, y aunque es sorprendente a estas alturas, las propuestas del que parece seguro vencedor de las próximas elecciones, el Partido Popular, siguen por esta línea -a contracorriente, por cierto, del resto del mundo: prometen un regreso al estímulo para la compra de vivienda y al incentivo fiscal, ignorando así los problemas de mercado (y, en definitiva, de la gente) aún no resueltos.
Las políticas “keynesianas” o, mejor dicho (toda vez que hemos de coincidir en que la figura de Keynes era más bien proteica), de estímulo de la demanda agregada, se han resentido históricamente del talón de Aquiles de la inflación. Hoy, los índices de precios de medio mundo apuntan a una inflación contenida o incluso a la baja. Esto no se debe a la falta de perversión y adulteración de los estímulos sino al lento ajuste de los activos a largo plazo, que reduce la riqueza financiera de los propietarios y que, como un agujero negro, absorbe la potencia del estímulo. Pero las materias primas y el oro recogen el efecto inflacionario de estas medidas. Las cuales, dicho sea de paso, no son inocuas en más de la mitad del mundo sino que, muy al contrario, condenan al hambre a gran parte de la población.
A propósito de la inflación, viene muy al caso citar las agudas palabras de Keynes [la descripción de este proceso podría aplicarse a la inflación de activos, particularmente inmobiliarios]:
Lenin, se dice, declaró que la mejor manera de destruir el sistema capitalista era la de corromper el dinero. A través de un proceso de inflación continuo, los gobiernos pueden confiscar, secretamente y a hurtadillas, una parte importante de la riqueza de sus ciudadanos. Por medio de este método, el gobierno no sólo confisca sino que confisca arbitrariamente. Y mientras este proceso empobrece a la mayoría, unos pocos se enriquecen.
El horror de esta arbitraria redistribución de la riqueza golpea no sólo la seguridad, sino también la confianza en la equidad de la distribución de la riqueza existente. Estos a quienes el sistema les trae buena fortuna, más allá de sus méritos e inclusive más allá de sus expectativas o sus deseos, se hacen “especuladores”, que son el objeto de odio para la burguesía, a quienes la inflación ha empobrecido no menos que al proletariado.
Como la inflación continúa y el valor real del dinero fluctúa salvajemente, de mes a mes, todas las relaciones permanentes entre deudores y acreedores, que forman la base última del capitalismo, se vuelven tan completamente desordenadas que pierden completamente todo sentido. Así, el proceso de hacer riqueza se degenera en una actividad de casino.
Lenin estaba ciertamente en lo correcto. No hay medio más sutil o más seguro de trastocar la base existente de la sociedad que el de corromper el dinero. Este proceso conecta todas las fuerzas escondidas de la ley económica del lado de la destrucción, y lo
hace de manera tal que ni un hombre entre un millón es capaz de diagnosticarlo. En los últimos períodos de la guerra  todos los gobiernos beligerantes practicaron, por necesidad o ignorancia, lo que un bolchevique podría haber hecho de manera planeada. Incluso ahora, cuando la guerra se acabó, muchos de los gobiernos continúan, por su debilidad, con las mismas prácticas equivocadas. Pero además, los gobiernos de Europa, siendo muchos de ellos, en este momento, duros en sus métodos, como débiles, buscan dirigir la indignación popular contra esa clase conocida como “especuladores”, la consecuencia más obvia de sus peligrosos métodos, Estos ”especuladores” son, hablando más ampliamente, la clase empresaria de capitalistas, es decir, el elemento activo y constructivo del conjunto de la sociedad capitalista, que en un período de precios crecientes con rapidez no pueden más que hacerse ricos  velozmente, sea que lo quieran. lo deseen o no. Si los precios están continuamente en aumento, el capitalista que haya comprado algo para acopiar o posea propiedades o plantas industriales inevitablemente hace ganancias. Dirigiendo el odio contra esta clase, entonces, los gobiernos europeos están llevando a cabo en un paso adelante el proceso que sutilmente Lenin había concebido, Los especuladores son una consecuencia y no la causa de los precios crecientes
El pasado jueves tuve la oportunidad de acudir a la fabulosa Conferencia de Bloomberg Link en Nueva York sobre inflación. En dicha conferencia existía un consenso muy notable en torno a los siguientes puntos:
-Es imposible hacer predicciones sobre lo que ocurrirá en los próximos 24 meses, apuntaba Thomas M. McManus, aunque, como sostuvo Richard Yamarone, lo más probable es que en menos de un año USA  vuelva a estar en recesión -si no lo está ya.
-Actualmente, la inflación no es un problema en EEUU, y es incluso conveniente para ciertos sectores así como para ganar competitividad,  como dijo Laurence H. Meyer. Sin embargo, es un problema grave en Asia, como señaló Bernard Yeung, y muy grave para aquellos que viven en el límite de la pobreza, porque -como acertadamente señaló Roberto Rigobon- para ellos supone caer en el abismo del hambre.
-En cuanto a los países periféricos de Europa, solo les caben dos opciones: la salida del Euro o la devaluación interna de salarios y activos en al menos un 30%. Adam Lerrick aducía que, si no se restaura la competitividad, cualquier medida que se tome estará condenada a ser perentoria.
Volviendo a Keynes, y ante el panorama que se avecina, habrá que recordar una de sus menos refinanadas tesis, aunque de las más famosas y (esa sí) permanentemente cierta: decía el cantabrigense que a largo plazo todos estaremos muertos;y añadiría yo que, si sus seguidores triunfan en una intempestiva réplica de sus medidas y no de su genial adaptación a las circunstancias, muchas centenarias calaveras merodearán momificadas en la cola de las oficinas de empleo tratando de deshacerse de sus apolillados ladrillos o de las acciones de sus ancestros.

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