lunes, 23 de septiembre de 2013

El estado actual del enfermo: ¿qué enfermo? (Construcciones míticas de la “crisis” I)



Uno de los tópicos más y mejor afianzados en el discurso del presente es que España está en crisis. Ya no hace falta adjetivar a la “crisis” porque, como si de un ente tan real como el peñón de Gibraltar o el Congreso de los Diputados se tratara, se ha hecho tan presente en nuestras prácticas discursivas que ha tomado cuerpo y ha adquirido vida propia. De ser una vaga amenaza que de lejos se cernía sobre nuestras cabezas y a la que políticos con ínfulas chamanísticas pretendían conjurar evitando pronunciar su nombre, se ha convertido en la explicación que a su vez excusa cualquier otra explicación posible. Porque hubo un tiempo que los más jóvenes del lugar quizá recuerden en que el gobierno jugaba con la oposición a escamotearle el vocablo que hoy salpimenta todos los discursos. Y así, por estrambótica que sea la situación en que nos encontremos, la fórmula ready made que nos eximirá de ulteriores aclaraciones será esta: “la crisis, ya se sabe”. Y sí, ya se sabe. En eso consiste, precisamente, un tópico: nos permite tener siempre a mano una explicación concentrada, resumida, encapsulada, que sustituye a una explicación prolija o sofisticada. Y así, de jerga economicista oscura e infrecuente, o de concepto elevado con resonancias médico-filosóficas y de especial aplicación en el contexto conyugal o terapéutico, el concepto de crisis, en su acepción económica y social, ha pasado a ser moneda de uso corriente en la conversación cotidiana de los españoles.

Así pues, ¡qué tiempos aquellos en que podíamos jugar a no mencionarla, ahora que por defecto se nombra! En estos momentos ya nadie se cuestiona si estamos en crisis porque es tan parte de la piel de toro como los páramos pelados de Castilla o los pantanos de Extremadura. Forma parte del acervo común repetir que España está viviendo una de las peores crisis financieras de su historia –y añadiremos, quizá ahuecando la voz, que también económica, educativa, política y ¡sobre todo! de valores-. Por supuesto, y no en menor medida, diremos que la propia democracia está en crisis, o el modelo productivo, e incluso la propia idea de Estado-nación. Y seguro que tendremos muy buenas razones para decirlo. Pero cuando hablamos de la crisis así, sin calificación ulterior, nos referimos sin duda a la crisis económico-financiera que ya nadie cuestiona que estamos viviendo. Y lo curioso es que a nuestros acomodaticios oídos no disuena que vaya ya para cinco años que nuestra charla coloquial esté siempre salpicada por alguna coletilla referente a una crisis que, como tal, se sigue considerando momentánea y pasajera, pues con la misma espontaneidad con que se nombra se da por hecho que su “salida”, aquella famosa “luz al final del túnel”, se encuentra en algún lugar no muy remoto. Como la constante postergación del Apocalipsis no aminoró la fe milenarista en un final del mundo inminente, la prolongación de la “crisis” no cuestiona su percepción pública como “punto” de inflexión: si bien la superficie del punto, paradójicamente, se va extendiendo como si fuera un plano infinito.

Pero tan indiscutido lema no es ni mucho menos un dogma de fe asumido acríticamente.[1] Existen datos alarmantes que ponen números y dotan de una realidad concreta a ese manoseado y hasta un poco desgastado concepto. Datos que muestran que, en efecto, España se encuentra en una situación crítica: especialmente el elevado paro, sobre todo de larga duración y juvenil[2]; el crecimiento explosivo de la deuda[3]; y el drama masivo de la población en situación de pobreza.[4]

En su uso actual el término “crisis” tiene una connotación negativa que en su origen fundamentalmente médico, aunque también forense y escatológico[5], no estaba tan clara. Y a propósito de esto, es preciso señalar una paradoja, a saber: es bien conocido que el concepto tiene originalmente un uso médico, no económico, político ni social, y se asocia con la enfermedad, no con la salud. Sin embargo, lo curioso de la crisis que atraviesa nuestro país es que la sensación de hundimiento es tanto más aguda cuanto que parece seguir a un estado de envidiable salud: recuérdese que a principios de esta década el “enfermo del euro” era ¡Alemania! Y España… España vivía el sueño del mal llamado “milagro español”.[6]

Pero, si el estado del enfermo no era tan lustroso como aparentaba antes del episodio crítico, ¿qué decir una vez entrado en él de lleno? ¿Acaso está España verdaderamente en crisis? Porque puede que lo nuestro no sea una mera crisis, sino algo menos y algo más.

Desde 1945 las crisis, o mejor dicho las recesiones, son cortas: ni en el caso de Estados Unidos ni en el resto de economías de la OCDE y de España han superado el año.[7] Sin embargo, el crash financiero internacional, con esa punta de iceberg que fue la quiebra de Lehman Brothers, ha traído recesiones más largas, que llegan al año y medio en el caso de Estados Unidos o el Reino Unido. Una extensión desagradable del fenómeno que queda, no obstante, lejos de las cifras de España, la cual, pese al célebre amago de los brotes verdes, lleva más de cinco años en contracción. Así pues, algo más.

Y algo menos, puesto que las crisis son antesala de un nuevo escenario, de un cambio profundo: es la expectativa de una transformación inminente y radical. Sin embargo, lejos de acercarnos a una nueva situación, en nuestro país aspiramos como mucho a salir lentamente del letargo. De hecho, según el FMI, no hay previsión de entrada en algo parecido a la normalidad en el ciclo económico capitalista –lo que no significa una vuelta a una situación previa- hasta 2018. Y lo cierto es que esta meta se va alejando en paralelo al transcurso del tiempo.

Así pues, España -que con toda su recesión económica sigue siendo un país mucho más rico del que era hace un par de décadas- no está en estado crítico[8], si bien se encuentra en una situación económica y, por extensión, política y en general valorativa que recuerda al lema punky: no future. La ausencia de perspectiva de futuro puede entenderse de muchas maneras: por un lado, es desde luego una clave de la experiencia de la modernidad, así, en un sentido general. Pero también tiene que ver con cierto desánimo que cunde cuando se mira de cerca la historia reciente: lo expresa con tino y belleza el título del libro de Josep Fontana: El futuro es un país extraño. Pero esa condición borrosa del horizonte de expectativas asume una tintura más oscura si se asocia con el hecho de que son los jóvenes, cuyo futuro se les está viendo dramáticamente escamoteado, los que están sufriendo las principales pérdidas de la llamada crisis: esa generación perdida a la que les ha sido arrebatado el futuro.

Esa ausencia de futuro que prolonga inconsistentemente el punto crítico es lo que, si tratamos de zafarnos del cliché, nos llevará a sospechar que la crisis que estamos viviendo se parece más bien a un anormalmente indefinido estado de excepción permanente[9] que a alguna forma de saludable kátharsis.




*Este texto junto a otros que publicaremos en los próximos días es una versión del artículo que hemos presentado Rocío Orsi y Andrés González en el XI Congreso de la AECPA bajo el título "Construcciones míticas de la "crisis"" y que pretende ser parte de un trabajo más largo que aborde la economía desnuda del abrigo del racionalismo neoclásico.



[1] Que la crisis es, así, la forma de estar en el mundo propia de la modernidad es la tesis que defiende Koselleck en su libro Crítica y crisis. Un estudio sobre la patogénesis del mundo burgués, Madrid: Trotta, 2008 (estupendamente editado por Julio Pardos).
[2] Según la EPA del segundo trimestre de 2013, hay 5.977.500 parados, con una tasa de actividad del 59,5%, de los que 2.897.600 personas son parados de larga duración. El paro juvenil alcanza el 57%.
[3] Pasamos del 35% sobre el PIB en 2007 al 90,1% en agosto de 2013.
[4] Que llega al 21,1% en 2012.
[5] Solo comienza a emplearse en contextos de pensamiento social en el siglo XVII: vid. el apéndice “Crisis” en Koselleck, op. cit. El desplazamiento semántico de la medicina al mundo social resulta bastante natural en un contexto de pensamiento donde predominan las metáforas organicistas y las analogías corporales. No obstante, el uso del término suele estar contaminado por esas otras resonancias escatológicas y forenses que enseguida se asocian, metafóricamente, a su uso médico. En todo caso, salvo en el contexto de la medicina, tanto en la antigüedad como en su recuperación en la modernidad es extraño encontrar un uso técnico del término, cuya multivocidad se retrae a cualquier intento de sistematización. Incluso en el contexto económico, donde parece más claramente técnico su uso, hay autores clásicos que, como Schumpeter, le deniegan semejante estatus (cfr. Schumpeter, Business Cycles. A Theoretical, Historical, and Statistical Analysis of the Capitalist Process, v.1, NY/Londres, p.5).
[6] Que tal milagro fue más bien una superchería santera es parte del ejercicio de desmitificación de la crisis que pretendemos llevar a cabo. Sobre el milagro español véase "¿Hubo milagro económico español?"
[7] Según los datos del NBER (www.nber.org, 9/9/2013) y del Centro de Estudios de La Caixa, (lacaixacom, 9/9/2013).
[8] Sobre esta anfibología (“estado crítico” como estado de salud especialmente frágil, y “Estado crítico” como condición crítica del Estado, es decir, de la soberanía nacional) diserta Valerio Rocco en un texto interesante y meritorio pero plagado de elementos míticos que aparece en la compilación de Cadahia, L. y Velasco, G. (eds) (2012), Normalidad de la crisis, crisis de la normalidad, Buenos Aires/Madrid: Katz
[9] Sobre la normalización del estado de excepción véase recientemente Agamben, G., 2013. Stato di eccezione, Torino: Bollati Boringhieri.

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