lunes, 30 de septiembre de 2013

La democracia después de la bancarrota

(Construcciones míticas de la "crisis" V, y última entrega. So far)


Hemos presentado tres grandes relatos que pretenden explicar los orígenes de la crisis y sus mecanismos y hacer un balance de ganadores y perdedores. Ahora vamos a extraer un conjunto de consecuencias un poco generales y, desde luego, tentativas.

  
Veamos, en primer lugar, lo que hemos hecho hasta ahora. En primer lugar, analizamos los relatos construidos desde dos perspectivas marginales: 1) la contraria al libre mercado y 2) la contraria al Estado del bienestar. Resulta sospechoso que antes de la denominada crisis cada contrapuesto grupo de “expertos de respuesta única” ya sostenía que había que acabar tanto con el libre mercado si se trataba de unos o con el Estado de bienestar si se trataba de otros.[1] De hecho, incluso algunas de las explicaciones más sofisticadas que se encuentran son intemporales, ahistóricas, pues pretenden expresar mecanismos sociales sempiternos. Es verdad que en determinados ámbitos de conocimiento la atemporalidad es indicio de corrección, pero difícilmente puede ser este el caso de disciplinas históricas o sociales, donde lo que se ha de explicar es lo que hace peculiar a un conjunto de circunstancias particulares.

Así pues, hemos visto que ambas posturas están fuera del consenso neoclásico entre keynesianismo y monetarismo que durante las últimas siete décadas ha predominado tanto en el paradigma académico tanto como en la práctica política occidental antes de la caída del comunismo, y prácticamente en todo el mundo tras el colapso soviético. A pesar de que entre quienes sostienen alguna o varias de las mitologías adversas al libre mercado cunde el adjetivo “neoliberal” para calificar a sus partidarios, lo cierto es que nosotros hemos prescindido de tan socorrida etiqueta, pues entre éstos debemos distinguir grupos ideológicos muy diferentes y a su vez enfrentados: minarquistas, anarcocapitalistas. neoconservadores monetaristas y socialdemócratas, estos últimos de corte liberal o puramente keynesiano.[2] En la última entrega, analizamos con más detalle la síntesis entre las ideas neoconservadoras y socialdemócratas que constituye el paradigma económico en que estamos y que, por eso mismo, resulta mucho más complejo desmontar.

A pesar de la simplificación a que hemos sometido todas estas explicaciones, creemos que ha habido ocasión de comprobar que, como buenas mitologías, estos relatos presentan algunos aspectos verosímiles y no son puramente arbitrarios, sin bien hemos querido dar cuenta de por qué constituyen una mistificación. La parte central y más propia de nuestra propuesta, detallada en la última entrada, ha sido mostrar que el gran relato mítico fue precisamente ese consenso neoclásico y la confianza desproporcionada que agentes políticos y económicos, así como los ciudadanos en general, han depositado en las competencias epistémicas de los profesionales de la economía, en cuyas manos se delegó toda la responsabilidad de sortear los envites de las coyunturas adversas.

Y nos interesa destacar especialmente este último aspecto porque la constitución de una especie de sancta santorum tiene consecuencias en nuestra capacidad, como sociedad o como país, para asumir nuestras responsabilidades: no deja espacio intermedio entre tecnócratas, detentadores de un peculiar matrimonio entre saber-poder, y el resto, incluidos opinadores de todo pelaje, que se mantienen puros en su voluntaria ignorancia de cuanto tenga que ver con la aritmética en sociedad y que, así, se sumergen en una culpable minoría de edad. Si la modernidad es la era de la crítica, la modernidad está en crisis. Y no porque falten críticas mordaces contra políticos y economistas, sino porque estas provienen de personas cuyo desconocimiento de dicha aritmética es flagrante: a veces confesado impúdicamente, a veces ignorante de su propia ignorancia.[3] El problema de fondo es, pues, una especie de complaciente estado de postración intelectual que ha aletargado a los ciudadanos en general no menos que a los intelectuales o, como diría hace poco Félix Ovejero, un culpable abandono o dimisión de los propios talentos.[4] Nuestro objetivo con esta especie de ontología del presente es entonces avanzar hacia una necesaria recuperación del impulso crítico.

La quiebra del gran relato de síntesis nos deja, pues, ante la necesidad de plantearnos tres preguntas a las que no será este el momento de dar respuesta: si los gobiernos y los bancos centrales no son plenipotenciarios a la hora de neutralizar las crisis, ¿de qué se puede ocupar entonces la democracia? ¿Cuál es el objeto de la política? ¿Cómo pueden los ciudadanos no ser meros súbditos, y los Estados sustraerse a la insidiosa dictadura de los mercados?
Lo cierto es que, y habiendo cuenta de las importantes limitaciones institucionales, la política ha de ocuparse de lo que quieran los ciudadanos: ordena prioridades, perfila incentivos, ofrece seguridad a los agentes, cohesión a los ciudadanos y oportunidades para todos. Dada la enorme complejidad que requiere la naturaleza tumultuosa de la sociedad, la imperfección y la incertidumbre son parte del paisaje político habitual. A la dificultad natural de la tarea se suma la paradoja, ya señalada por Moises Naim, de que el desafecto de los ciudadanos respecto de los gobernantes discurre por un cauce en absoluto paralelo con el de sus expectativas en relación con la política: la desconfianza crece, pero la exigencia también. Así, el cacareado desafecto político no es un fenómeno español por más que el tardío amanecer democrático, unido a lo abrupto e inexplicado del pinchazo de la burbuja del milagro económico español, haya acelerado y exasperado este fenómeno patrio de secularización política.[5]
Probablemente haya muchas razones que explican la lejanía entre ciudadanos y políticos, y no es la menor que, por más que se abuse de la denominación “ciudadano”, éste normalmente es tratado ora como cliente, ora como súbdito (más o menos adulado), pero rara vez como sujeto político activo. La distancia que media entre lo que los ciudadanos piden a y dan de la política explica el auge de la tan denostada partitocracia, cuya emergencia sigue al repliegue de los partidos mayoritarios sobre los más fieles y se ceba del desinterés ciudadano. A propósito, es menester señalar la baja implicación de los españoles en asociaciones, partidos políticos y sindicatos, en contraste con su elevada participación en manifestaciones, huelgas, recogidas de firmas o cadenas electrónicas.[6] Sin embargo, y a pesar de la desconfianza en la política y la flojísima implicación formal en la misma, los españoles se sitúan entre los europeos que más esperan del Estado[7] y que, a pesar de la retórica de moda sobre el “espíritu emprendedor”, menos premian la iniciativa individual.[8]
Dada, pues, la actual crisis de gobernanza, cabría preguntarse si existe alguna alternativa a la política democrática. Sabemos, sin embargo, que no hay ninguna que merezca ser experimentada en lugar de combatida. Es cierto que desde la periferia del pensamiento que genera las dos construcciones míticas más potentes se presentan alternativas de meritocracia más rectilíneas, pero no merece la pena ponerlas a prueba. Y en cuanto al tercer relato, cabría decir que, después de todo, ni el libre mercado ni el estado de bienestar son los causantes de la zozobra en España. Nuestros males tienen como origen un abandono de la realidad a la hora de tomar las decisiones económicas y políticas, así como en la contumacia a la hora de reconocer y rectificar errores. Mantener el statu quo será cada vez más difícil, tanto en España como en el mundo. Casi medio siglo de consenso neoclásico reforzado con la fe en la eficiencia de los mercados de valores y la consiguiente financiarización están o deberían estar en entredicho. Pues cada día es más lo que sabemos sobre los comportamientos sociales y económicos pero, paradójicamente -quizá no tanto-, esto nos hace más vulnerables a lo que ignoramos u obviamos.

Si ya advirtiera Mandelbrot a los científicos que “las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas no son círculos, y las cortezas de los árboles no son lisas, ni los relámpagos viajan en una línea recta”, con más razón habríamos de reparar en que la economía y la política trabajan con un objeto todavía más artificioso y esquinado: la realidad social no está escrita, como la naturaleza, en caracteres matemáticos, y difícilmente los “modelos de equilibrio” pueden encajar en una realidad como la social que no solo es renuente al equilibrio, sino que está tremendamente enviciada con el cambio. Cambios que, insistimos, se empeñarán en propiciar los modelos mismos.

Es posible que, en definitiva, acabemos optando por un abandono consciente de la búsqueda verdades intemporales y omnicomprensivas en el campo de la epistemología económica y social para centrarnos en la búsqueda de verdades perecederas, históricas y contingentes. Pero deberíamos, cuando menos, desnudar el coste y el riesgo que asumimos al decidirnos por ciertas verdades. Y no olvidar que son verdades humanas cuyos ejes, a pesar de su apariencia rectilínea, no pueden estar más derechos que el fuste torcido del que han sido modeladas.






[1] Las crisis, de hecho, parecen reforzar, más que cuestionar, ciertos paradigmas firmemente mantenidos. Así lo muestra González Ferriz respecto de las crisis políticas o sociales que desde los 60 hasta nuestros días jalonan nuestra historia, pero lo mismo se puede decir en este caso. Vid. González Ferriz, R. 2012. La revolución divertida, Madrid: Destino.
[2] Tan enfrentados ideológicamente como, por ejemplo, keynesianos y ecologistas. Sin embargo, como ocurre con estos últimos, sus adversarios y seguidores menos perspicaces están lejos de sospechar que exista semejante incompatibilidad.
[3] No es extraño, por más que debería serlo, escuchar a periodistas y tertulianos espontáneos comenzar una discusión sobre nuestros males odiernos con un “yo no sé nada de Economía pero…”. En cuanto a la ignorancia que se ignora, valga de ejemplo este artículo de A. Grandes donde sostenía sin rubor que nos habíamos gastado 115 millones de dólares por habitante del planeta (¡!) en rescates bancarios (“Experimento”, El País, 12/1/2009).
[4] Félix Ovejero, El País, 12/9/2013.
[5] En su artículo “El súbdito adulado”, publicado en El País (21/6/2011), Antonio Valdecantos describe este proceso de secularización política de manera brillante, si bien no compartimos su catalogación del mercado y la competitividad como enemigos de la democracia.
[6] Véase el estudio de valores internacionales de la Fundación BBVA que con precisión disecciona Jorge San Miguel en “Escraches y participación ciudadana”, Politikon, http://politikon.es/2013/04/26/escraches-y-participacion-ciudadana/ (8/9/2013)
[7] Rodríguez Suanzes, P. 2013. “Los españoles culpan a los políticos y a los banqueros de la crisis”, El Mundo, 4/4/2013.
[8] La tendencia española al estatismo se ve reflejado en encuestas donde la respuesta mayoritaria a la pregunta si los ingresos de las personas deberían ser más equilibrados, incluso si ello significara que los que se esfuerzan más y los que se esfuerzan menos ganen cantidades similares, el 54,7% de los españoles está a favor de la idea. Algo impensable para los daneses (sólo el 13,8 aprueba tal idea) y lejos de lo que piensan incluso los defensores tradicionales y símbolos del Estado de Bienestar, como Suecia (31,4) o Países Bajos (19,2). Rodríguez Suanzes, P. 2013. “Los españoles culpan a los políticos y a los banqueros de la crisis”, El Mundo, 4/4/2013.



Ps1: Esta colección de posts cobre las construcciones míticas de la crisis son partes de una comunicación presentada por Rocio Orsi y Andrés González en el XI Congreso de la AECPA  que a su vez está pensado para ser una parte de una publicación más larga.

Ps2: Agradecemos las aportaciones de Antón Castromil sobre framing y de Antonio España y José Luis Ricón sobre minarquismo, escuela austriaca y anarcocapitalismo. También sobre la figura de Greenspan y sus críticas al monetarismo agradezco las recomendaciones de Manuel Sarachaga, sobre el papel de la FED en la resolución del LTCM tendré en cuenta el apunte que me hizo Francisco de la Torre. Estas sugerencias aún no han sido incorporadas y se incluirían en una versión ampliada.



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