miércoles, 8 de enero de 2014

Economía y política (o no me chilles que no te veo)

Como la sístole y la diástole, o quizá mejor como Ramón y Cajal, la política y la economía son parte de un todo que, desmembrado, resulta incompleto. Sin embargo, es un hecho que la mayoría de los análisis económicos por su lado y, por el suyo, los políticos suelen ignorarse mutuamente. Se ignoran tanto como pueden e incluso por encima de sus posibilidades.

Los análisis cuantitativos que vaticinaron la inevitable ruptura del euro o el ciego voluntarismo político que se propuso conjurar, a base de buenas intenciones, la mal llamada “crisis” son ejemplos de cómo unos no ven a los otros y los otros no oyen a los unos.

Sonoros fueron los errados oráculos de Krugman o Roubini acerca de la ruptura del euro, así como los vaticinios sobre inminentes corralitos bancarios que, finalmente, no se sustanciaron más allá del conspicuo caso chipriota. Estas conjeturas hicieron oídos sordos a la firme voluntad europea de permanecer unida pese a la discusión (aún viva) de quién, cómo y cuándo se pagará el grueso de la factura de los platos rotos.

Que yerren los analistas es compresible, sobre todo cuando su negocio es ofrecer relatos espectaculares para consumo de medios de masas en una sociedad consagrada al entretenimiento. Por sus consecuencias, peor es todavía que se equivoquen los presidentes del gobierno, por más que su audiencia sea la misma. No en vano, José Luis Rodríguez Zapatero confesó a un micrófono indiscretamente abierto su supina ignorancia en materia económica. La hormonada y naif política adolescente de la que hizo gala antes de ver las orejas al lobo le llevó a creer que desde el poder político se podía dar la espalda a la economía, y nos dejó un par de joyas verbales que dan buena cuenta del peligro que entraña un necio bienintencionado: 
1) “Saldremos de la crisis sin dejar a nadie atrás”, y 
2) “No me digas que no hay dinero para hacer política, Pedro”. 
No se dirigía a Pedro Almodóvar, ni la frase se oyó en ninguno de sus filmes.

Pretender salir con bien sin tocar nada no era realista, y los inicuos recortes que se sufren hoy son en parte factura de la parálisis política de aquellos días vividos entre 2008 y 2010 en que no se gobernó con otra política que no fuera la de la avestruz. Pero, bien enterrada la testa, no se tocaron entonces ni se tocan ahora diputaciones ni ayuntamientos. Y si finalmente se intervinieron las Cajas, se hizo cuando la situación ya era irremediable.

La frase dirigida a Solbes expresa un voluntarismo dolorosamente infantil. Quien no elige qué recursos emplear y de cuáles prescindir deja que sean otros quienes acaben tomando esa decisión, de manera precipitada y seguramente injusta. De manera, en todo caso, menos libre.

Rajoy ha perfeccionado a Zapatero en ambas actitudes: circula el rumor de que ordas de aves no voladoras llegan de todos los continentes para tomar lecciones en Moncloa de cómo afrontar los problemas parcialmente y a escondidas. El desprecio de Rajoy por la economía es notorio y es otra muestra de una ignorancia abúlica propia de quien tiene como tarea principal del ejercicio de su mandato la vigilancia atenta del recorrido de las nubes por el firmamento.

El hecho de que, en la campaña que elevó a Rajoy a la presidencia, el Partido Popular prometiera bajadas de impuestos y un retorno a la Edad de Oro del ‘96 sin que se mencionara, ni como sutil ornamento del programa o colorido relleno de sus evidentes vacíos, una reconversión previa de la administración retrata el exiguo trabajo que había detrás de aquel proyecto político –aquel proyecto que hoy tristemente vemos como ganador.

A nadie debe sorprender aquella indigencia de ideas al ser  Montoro quien las excogitara. Como su risa, sus ingenios inspiran la misma lástima que los de un cómico que repitiera en su senectud el mismo chiste que en sus años mozos –y ayudado por los vapores etílicos que predisponen al público al aplauso- le otorgara cierta fama.

Los más que previsibles errores de quienes ignoran la política o la economía dejan la puerta abierta a la esperanza de que en otro momento más feliz se elija mejor a expertos y gobernantes.

Pero quizá, más allá de adefesios ministeriales y espantadas presidenciales, más allá de bravatas pseudocientíficas, lo más preocupante es la fragilidad misma del saber económico. Que nuestros políticos ignoren los rudimentos de la economía es grave, pero más lo es que sean los propios expertos en materia económica quienes ignoren las limitaciones de las que su propia disciplina no puede sustraerse. Y resulta paradójico que ese saber sea más frágil precisamente cuando más invulnerable se creía. Esta afirmación no se puede demostrar, pero se puede ilustrar: el gran economista y premio Nobel Robert Lucas anunció en 2003, en su discurso como presidente de la Asociación de Economistas Norteamericanos, nada menos que "el problema de la prevención de las recesiones ha quedado resuelto por décadas”.

La fe acrítica en el consenso neoclásico, en los modelos econométricos y en la hipótesis fuerte de eficiencia de los mercados no dejaba margen alguno a la posibilidad de crisis sistémicas. Pero la misma ilusión de control constituyó el caldo de cultivo de una crisis que no fue cíclica sino estructural, y que de momento ha quedado aparcada –estabilizada, pretendidamente olvidada- aunque ni mucho menos resuelta.

Pues bien: frustradas desde una perspectiva crítica las visiones del voluntarismo político y del economicismo como guía para una agenda política, queda una alternativa gris y poco vistosa pero que también aparta a codazos cualquier alternativa: el recurso a los comités de expertos.

Pues bien: los especialistas brindan fórmulas maximizadoras para problemas particulares como los ingresos fiscales, la legislación laboral, la solvencia de las entidades financieras o la sostenibilidad de las pensiones. Soluciones absolutas en su modulación o formulación pero parciales, limitadas, en su ámbito de aplicación. Mónadas aisladas, los paquetes de soluciones que brindan los expertos desconocen la existencia de otros paquetes similares, de manera que nadie debe extrañarse si no siempre son del todo compatibles unos con otros. Así pues, los problemas concretos son estudiados a fondo, pero nos ocupamos menos de las interacciones que se produzcan entre lo que den de sí las plegarias en los diferentes altares dedicados a cada uno de los penates.

Ni el socialismo, ni el mercado más libérrimo, ni los técnicos más capaces van a poder evitar que la toma de decisiones constituya una apuesta: un acto de voluntad que se funda en un conocimiento parcial y que asume el riesgo de su propia opacidad. Y como cualquier envite contingente, que no meramente azaroso, quien toma la decisión debe estar dispuesto a adjudicar(se) pérdidas. Esto vale para todos, excepto para los convencidos en que la fe en algún ente metafísico o herramienta técnica conjura cualquier riesgo. Curiosamente, en ese caso la inconsciencia del riesgo, por simple ignorancia o pura hybris, es mucho mayor, lo cual acrecienta a su vez la exposición a la fortuna.

Mención aparte merecen quienes, por su aversión al riesgo, no quieren tocar el statu quo. En ese caso también lo que puede llegar a resultar insostenible es el sistema en su conjunto, como pudimos contemplar en Europa de 2010 a 2013.

Bien es verdad que, como observó Kanheman en sus experimentos sobre toma de decisiones, un impulso conservador predomina en buena parte de los individuos. Quizá esta tendencia explique el solapamiento de medidas incoherentes entre sí y el hecho de que las decisiones tomadas se reviertan con extraordinaria dificultad.

Sin embargo, y a fuer de superar una forma de pensar y vivir confortablemente acomodaticia pero tremendamente autocomplaciente, debemos tomarnos como una tarea imprescindible desbrozar obstáculos, derribar barreras y señalar los riesgos de no hacer nada con instituciones y medidas que quedan obsoletas y que limitan las acciones futuras, pues absorben recursos y crédito y restringen tanto la capacidad transformadora de los presupuestos públicos como las nuevas oportunidades para generar empleos.  

Atrevámonos a cambiar las cosas para escapar de un seguro fracaso y siendo conscientes de que todo es susceptible de ser empeorado. Emprendamos reformas valientes y coherentes entre sí para aumentar el empleo y reducir la pobreza sin que nos dejemos tentar por el pensamiento mágico. 


Fragmento de “No me chilles que no te veo”





2 comentarios:

  1. Muy Buen Blog !
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    Gracias !

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  2. Muy buen articulo. Da gusto seguir tu blog!

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