miércoles, 16 de abril de 2014

El gasto público y el bien común

El bien común, como el flechazo, la firmeza de las nalgas o incluso la felicidad, es algo idealizado, fugaz y, si es que tal cosa existe, tiene más que ver con la propia percepción que con el objeto en sí.

Como ocurre con la verdad, como con el bien en general o con la justicia, es más fácil señalar el otro lado: la mentira, el mal o la injusticia. El bien común está sujeto a matices y revisiones permanentes, y de muy pocas cosas podemos declarar sin dudas y de manera definitiva que contribuyen al bienestar de todos.

El buen funcionamiento de las instituciones, la meritocracia, la igualdad de oportunidades o la transparencia contribuyen a eso que llamamos el bien común, pero ni siquiera esos fines abstractos son buenos para todos o no lo son al mismo tiempo. Desde esta óptica escéptica*, resulta muy chocante el tópico de que cualquier incremento de gasto público sea indiscutiblemente bueno y un avance**. 


El aumento del gasto es un objetivo de buena parte de los votantes y de la mayoría de los políticos: en campaña se prometían kilómetros de metro o la construcción de hospitales en cada municipio donde se necesitase arañar votos. Carlos Martínez Gorriarán retrató en un instructivo post, "El viaje en AVE a ninguna parte", el despilfarro en infraestructuras mal planeadas y que responden a necesidades electorales. 

Entonces, y dado que políticos y ciudadanos coinciden en promoverlo, ¿hemos de decir que aumentar gasto público es bueno o malo? P
ues no lo sé, depende.
Sospecho que no es del todo honesto quien tenga una respuesta sin antes conocer de qué recursos se disponen, en qué se van a emplear los recursos o qué objetivos se pretenden cubrir, y con qué otros programas de gasto o rebaja de impuestos se compite.

Gráfico 1: Portada El País. Zapatero ordena acelerar el gasto  (10-04-2009)











































Tomemos una anécdota grotesca para ilustrar el asunto: Los miles de millones gastados en el Plan E, o plan Zapatero, ¿fueron buenos o malos? 

- Para quien se benefició directamente de esas partidas, lo primero, aunque probablemente sólo en el corto plazo y a costa de ser engañados, o de autoengañarse, sobre sus expectativas de futuro. 


- Para la sociedad en general, claramente lo segundo. No sólo porque un año después, y dado que en la caja no había sino telarañas, el Gobierno tuvo que infligir dolorosos recortes por un importe similar al derrochado, el palo al ciudadano tiene por objeto salvar ante sus electores la cara de los gobernantes de los países  acreedores que siguen prestando a quien se endeuda sin freno. Es que, además, para el patrimonio público fue un desastre: hizo posible la salida de un dinero muy útil de las arcas públicas que se empleó en arreglar aceras y sostener por unos meses la ilusión de que el modelo de la burbuja era viable, incluso sin burbuja. 

Hoy, con bordillos relucientes y porvenires hipotecados, es evidente que el balance es pavoroso, tanto en recursos como en tiempo perdido. Ni el impulso fiscal ni el impulso monetario pueden tapar de manera permanente una crisis estructural***.

Grafico 2: Portada El País. El gobierno acomete el ajuste más duro de la historia reciente (13-05 2010)








































Habrá quien aduzca que el gasto de 2009 nada tiene que ver con el recorte de 2010, que el presupuesto es infinito y que a los acreedores los encontramos en la calle. Pero, mientras se tenga previsto seguir recibiendo préstamos y participar en la comunidad internacional, se deben pagar las deudas contraídas.

El gasto público es una muestra de civilización, y los impuestos su precio ****. Los estabilizadores automáticos permiten tomarse más tiempo y atemperar agobios, pero la riqueza no se crea por decreto, ni estirar el presupuesto público hace que modelos inviables se tornen asumibles.

España no sufre un ciclo adverso: vive en un modelo hinchado por la burbuja y que se ha mantenido, se mantiene y se mantendrá mucho más tiempo del aceptable, con la complicidad de muchos políticos y sus votantes. Pero una política autoconsciente nos obliga a reducir gastos, incrementar ingresos y ser radicales priorizando qué debe ser servicio público y qué no. 

El estado del bienestar y la igualdad de oportunidades son demasiado importantes como para ponerlos en riesgo, y esto vale para España y para Europa. Ejecutemos tanto gasto e inversión público como queramos y podamos, pero renunciemos a ver en ello nada más que un derecho conquistado por el siervo de un pueblo: hagamos por comprender que es una obligación con la que cargamos como ciudadanos emancipados.

Ciertamente, si hay esperanza (y claro que la hay) es porque sabemos que podemos actuar con una mayor responsabilidad y madurez. Criminalizar desde la ratonera a los representantes que con tanta generosidad y pólvora del rey adularon a esos súbditos voluntarios es un ejercicio de infantilización del ciudadano y de negación de esa misma condición que debería ofendernos tanto o más que los coyunturales recortes o subidas de impuestos.  Cartago debe ser destruido, este establishment barrido y las instituciones mejoradas.


Imagen 3: Imagen del concierto de Amaral que dejó un déficit de 70.000 € en  2009 en Mieres (Asturias)








(Sí, los 3 primeros párrafos se parecen mucho a los del post "El crédito y bien común". Vamos, que son los mismos)

** También, y con las mismas dosis de entusiasmo y prejuicio, para los partidarios de un Estado mínimo o reducido cualquier reducción del gasto es buena a priori.

*** Sobre el mito de la invulnerabilidad e hipercontrol en economía me autocito junto a Rocío Orsi: véase el apartado El mito del consenso neoclásico (en "Construcciones míticas de la crisis")

****  Lean el libro ¿Hacienda somos todos? de Francisco de la Torre, donde desarrolla, trae a España y actualiza lo que Franklin dijo sobre los impuestos.

2 comentarios:

  1. Podríamos pensar que la economía de un estado es como la de una casa, hay que ser prudentes y gastar lo que se puede.
    La diferencia con los fondos públicos es que se juega para ganas votos y con dinero de otros.
    Un Abrazo Andrés.

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  2. El Estado puede (y debe) arriesgar más que cada ciudadano solo por una cuestión estadística del riesgo que puede soportar cada uno pero es obvio que hay un límite a partir del cual todo incremento es mentira y se empobrece el conjunto y especialmente los más débiles y la clase media

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