viernes, 27 de noviembre de 2015

Rocío Orsi. El lugar de la Filosofía (de Gregorio Saravia)

Con el término sophrosyne los antiguos griegos designaban un ideal ético que nosotros traduciríamos, no sin pérdida de significado, como moderación, cordura, templanza, sensatez, prudencia, discreción o incluso sabiduría moral. Todas cualidades que el carácter de Rocío reunía pero que resultan desde luego insuficientes para definir su personalidad. No es mi intención, ni mucho menos. 

Me propongo sólo subrayar una de las maneras en que la filosofía estaba en su vida y lo haré sugiriendo que Rocío se tomaba a la filosofía en serio. Por eso no le concernían los ejercicios vacuos de lucimiento personal que algunos nos vemos tentados a hacer con las lecturas, los conocimientos o las citas de precedentes teóricos. Ella no tenía sed de halagos ni buscaba alimentar su ego con la filosofía, era además inmune al aplauso fácil. No intentaba impactar a nadie con las profundidades de su reflexión. Huía del gesto vanidoso o narcisista. 

Tomándose a la filosofía bien en serio, nunca fue solemne ni enfática, como tampoco era amiga de los aspavientos con los que se promociona el cultivo de las virtudes dianoéticas. A su manera, con esa tranquilidad tan suya, Rocío habitaba el lugar de la filosofía y quizá por ello soltaba ideas originales o sorprendentes pero sin atribuirse ningún mérito. Casi sin proponérselo. 

Sabía de la fragilidad de la filosofía, a la que concibió como una suerte de género literario, pero también era consciente de su fortaleza, de esa certidumbre casi total que nos ofrece sobre nuestra propia ignorancia. Y a propósito del papel de la filosofía en la actualidad, Rocío dijo:
Hoy, como siempre, tiene que propiciar o ahondar en la comprensión de nuestro tiempo y nuestro pasado, debe proveernos el utillaje conceptual con que reconciliarnos con nuestro mundo, con todo lo que esta compleja operación entraña.
Se tomaba a la filosofía en serio y quizá por ello se dedicó con tanta pasión a las clases y a la vida académica. Aunque debo decir que nosotros nos conocimos fuera de ella. Solíamos coincidir, junto con un grupo reducido de madres y padres, en la recogida de los niños a la salida del cole y allí entre meriendas revoltosas se comentaban cosas de lo más variadas. Eran charlas sobre política en las que arreciaban las críticas hacia la última calamidad del gobierno. Algunos nos entusiasmábamos y en el fragor templado de la búsqueda de soluciones o remedios podíamos terminar citando a un Marx, un Rawls, un Sen, ¡hasta Arendt o Agamben! 

Rocío, en esos momentos, simplemente sonreía. Guardaba un sutil silencio y con esa sonrisa que tenía al despedirse parecía estar diciéndome: “ya son cerca de las 7, igual los niños están cansados y la verdad es que meter a Platón cuando la conversación iba de un desaguisado en la Comunidad de Madrid no es más que un despropósito”. 

Cuánta razón tenía cuando sonreía y mantenía el silencio. Rocío se tomaba a la filosofía en serio. 

Gregorio Saravia Méndez, Getafe, 23 de abril de 2015




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