jueves, 26 de noviembre de 2015

Rocío Orsi (de Antonio Valdecantos)

Dejo aquí las palabras que pronuncié el jueves pasado en el homenaje a Rocío Orsi celebrado en la Universidad Carlos III de Madrid, bajo la presidencia del rector

Rector Magnífico, Decano, Directora de la Biblioteca, autoridades académicas, colegas, alumnos y alumnas, Andrés, Consuelo y Enrique:

Rocío Orsi, la persona más inteligente que he conocido, escribió unos cuantos centenares de páginas en formatos variados y nos los ha dejado para darnos que pensar y para contribuir a que no nos despeñemos por los barrancos de la melancolía, de la estupidez ni del tedio, lugares que después del 29 de noviembre de 2014 son mucho más amenazantes y peligrosos que antes de esa fecha. Que Rocío se salga o no con la suya es ya cosa muy distinta, aunque debe reconocerse que, en general, ha solido lograr lo que se ha propuesto, por lo común fines benéficos y fecundos, y rara vez provechosos para ella.

Rocío sabía perfectamente que los libros no tienen demasiado que ver con la vida, y sí con ese contrario suyo que procuraré nombrar durante todo este rato las menos veces que sea posible. Hay lectores convencidos de que la mejor lectura de cualquier clase de escritos es la que se lleva a cabo en presencia del autor y con su consejo y su guía, y estos lectores creen de muy buena fe que se escribe porque se sabe que no se puede estar presente en todas partes ni se estará presente siempre, de manera que conviene dejar disponible alguna clase de sucedáneo del propio yo para que se consuma cuando el verdadero objeto de lectura no pueda comparecer. Pero en realidad nadie es un objeto de lectura, porque escribir es un acto consistente en vaciarse de todo lo que sea interioridad, personalidad, carácter y, en suma, vida, aunque no para transferírselo al libro (el cual no constituirá nunca, salvo que sea malo, un reflejo de quien lo concibió), sino para purgarse de todo eso, de manera que lo impreso y publicado sea otra cosa. Como lo que Rocío ha escrito es todo francamente muy bueno, no tiene ningún sentido, por tanto, que nos pongamos ahora a buscar huellas suyas en sus páginas ni a repetir eso de que los autores siguen viviendo en sus obras.

En realidad, no han vivido nunca en ellas, y lo único que nos cabe a nosotros, después de la fecha hace un momento mencionada, es tratar de pensar en lo que Rocío hubo de hacer con ocasión de cada página que escribió, que no fue sino abrirse paso por lugares rigurosamente nuevos, creados justamente en el momento de ser recorridos por su autora y que deberían haberle procurado a ella las sorpresas más agradables, aunque se trataba de una persona lo bastante irónica y modesta para no dar nunca la menor importancia a todo aquello. Nosotros sí sabemos que la tiene, y mucha, y lo sabrán todos los que lean las obras de Rocío sin haberla conocido, tratando de conjeturar cómo sería aquella mujer, cómo hablaría y qué gestos gastaría, de modo que el libro no sea algo deducible de su autora ni que la refleje a ella, sino al revés. La Rocío Orsi imaginada a partir de sus escritos recorrerá sendas que nosotros no tenemos ni idea de por dónde irán, y que ella, desde luego, ha ignorado también. Todo el que escribe y no se engaña sabe que esto es así y que al escribir se deja de ser quien se era y se pone uno en almoneda, teniendo que admitir como verdaderas las fantasías que den en formar sobre uno gentes completamente imprevisibles, y más de una vez inverosímiles.


Quien lea El saber del error, que se comprende entre los libros de filosofía más importantes escritos en castellano a comienzos del siglo XXI, aprenderá que las conjeturas que pueda formarse sobre su autora están condenadas a las mismas burlas del destino que el resto de las acciones humanas, incluido todo aquello que no se considera conjetura, sino conocimiento cierto y seguro. Los mortales (y probablemente también muchos de nuestros dioses) somos mezclas mal compuestas de un boceto inacabado y de una ruina superviviente, y nuestro único papel decoroso consiste en llevar esa señal en la cara con la mayor dignidad posible. Mientras tanto, una de las pocas tareas decentes que nos cabe ejercer es tratar de aclararnos un poco sobre los detalles de esto que nos ha tocado. No todo el mundo tiene, por razones fáciles de adivinar, mucho interés en tal cosa, y entre los profesionales de la filosofía y de las ciencias humanas abundan quienes consagran la vida entera a mostrar que somos criaturas sensatas y razonables, destinadas a guiarse por cosas tales como principios, emociones o intereses, y tanto da cualquiera de las tres cosas, siempre que sirvan para hilar con ellas un relato creíble en el que el final se siga verosímilmente del comienzo y que muestre al relator como un individuo admirable, sin importar que esa guía pueda darse de hecho o pertenezca a las zonas de veraneo moral que se hacen corresponder con los llamados ideales. El saber del error es un libro muy recomendable para quien quiera intentar otra cosa.

En el mes de julio pasado conté a Rocío que se me habían encargado unas clases sobre el ensayo en España de 1990 hacia acá y que había decidido emplearlas en la exposición de tres autores, la última de los cuales, por motivos de cronología, iba a ser ella. Rocío había nacido en 1976 y la escansión temporal elegida me parecía, según le dije, razonablemente bien ponderada: estáis Ferlosio, que es del 27, José Luis Pardo, que es del 54, y luego tú. La cara que puso fue un poco ausente, o por lo menos eso me pareció a mí. Me dio la impresión de que me miraba con condescendencia, como pensando “Bueno, mira: si esto le parece bien y con esto se queda contento, no voy a ser yo quien le quite la ilusión”. Di las clases aquellas en noviembre de 2014, fecha señalada ya, y quedé en contarle qué tal habían salido, aunque ella tenía, me parece a mí, una idea bastante cabal de lo que iba a explicar en tales lecciones. Una de las cosas que dije fue que Rocío pertenece a una generación (de las primeras en España, y no sé si de las últimas) educada en la normalidad y en los resultados de una modernización olvidada de sus propios traumas. La mayor parte de los alumnos que me oían no eran españoles, y no sé hasta qué punto entendían estas complicaciones. Después pasé a contar un poco algún capítulo de El saber del error y mis oyentes debieron de salir de allí muy bien dispuestos a incluir a Rocío en el mismo canon, cuando menos, de Ortega, de Unamuno, de Zambrano, de Zubiri y de García Calvo o quién sabe si (perdónenme ustedes) de Menéndez Pelayo y Donoso Cortés. Yo no sé cuál va a ser el futuro de ese canon, y el averiguarlo no me importa demasiado, aunque sí me interesan cuestiones relativamente próximas. No sé muy bien si en las próximas décadas va a seguir siendo posible escribir y enseñar en castellano y ocupar un espacio en el que la práctica académica y la escritura ensayística se tomen como partes de la misma tarea. Probablemente se han invertido ya muchos esfuerzos para que todo esto se vuelva imposible, pero lo cierto y verdad es que en los primeros años del siglo no lo era en absoluto.

Rocío se benefició, desde luego, de un clima académico muy benigno que hoy día apenas cabe hallar: un mundo en el que se suponía que las grandes tradiciones del pensamiento del siglo XX estaban a punto de fundirse y casi de confundirse, y en el que una historia de la filosofía audaz y un tanto insolente, en mestizaje con una historia general de las ideas no menos irrespetuosa, parecía situarse en el centro de las preocupaciones comunes. Era un tiempo en el que, por ejemplo, resultaba casi un tópico afirmar que la filosofía analítica y la llamada continental iban a mezclarse del todo en cuestión de pocos años y a diluir sus identidades, algo que se ha probado completamente falso y que además ya no interesa a casi nadie. También era un tiempo en el que se hablaba mucho de las relaciones entre filosofía y literatura (Rocío tradujo libros importantes sobre el tema) y se tomaba asimismo como cosa que iba de suyo el que la teoría y la ficción debían dejar de tomarse como géneros naturales, algo que ahora mismo ya no está en la mente de nadie y que ni siquiera resulta prudente mencionar. Era, en suma, la época en que se vaticinaba que muchas cosas hasta entonces separadas iban a juntarse de manera muy productiva, precisamente lo contrario de lo que acabó sucediendo. Rocío estaba destinada, por su formación y por su talento, a ser alguien muy importante en un ambiente así, aunque el ambiente mismo se había transfigurado del todo bastante antes de 2014.

La obra de Rocío va a ser, entre otras muchas cosas, el testimonio de una época que no estuvo nada mal. Como no sabemos cuál será el rostro de los tiempos con que se encontrarán sus lectores futuros, no es sensato hacer pronósticos sobre el aspecto que su obra va a ofrecerles, pero a mí me gustaría creer que, al menos algunos de ellos, encontrarán un estímulo poderoso y pistas suficientes para abrirse un camino que está por recorrer. La obra de Rocío es, aparte de otras cosas, todo un programa, y yo estoy seguro de que no faltarán quienes lo reciban como tal. A veces los libros, en momentos y lugares lejanos y hasta remotos, caen en manos de lectores que reanudan su escritura justamente en el punto en que el autor la había dejado. Y me parece que la obra de Rocío abunda mucho en gestos de aviso que señalan dónde hay un libro posible por escribir. Tengo el convencimiento de que esos gestos de Rocío tienen un futuro larguísimo por delante, y de que nos tropezaremos con ellos en sitios y tiempos insospechados. También tengo la sospecha de que quien quede seducido por esos gestos lo hará a contracorriente de toda clase de expectativas y casi a contrapelo, pero eso no debe sorprender a nadie, porque es lo que ha sucedido siempre con las obras verdaderamente importantes y lo que quizá le acabe pasando muchas veces a Rocío, quien, aparte de muchas otras cosas que no cuento, es sin duda ninguna la persona más inteligente que he conocido.

Antonio Valdecantos
Getafe, 23 de abril de 2015






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